MILAGRO EN EL CAMINO: LA VIDA SIGUE EN AUSTRIA

4/12/2003 

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capitulo veintiuno

A media noche, Abassi se escurrió del colchón y gateó por el suelo hacia la puerta. Cuando recostó allí su alta figura, con ambas manos alisó sus rojizos cabellos y oteó en la noche con la mirada un tanto saltona, dado que la oscuridad le impedía ver cuanto le rodeaba. Giró con lentitud la cabeza y pudo contemplar en la penumbra el colchón donde dormían sus hijos, el que ocupaba su hija Yeray y a su lado, su hermano Albi; aún atisbó a Curry, el perro, acurrucado en medio de los dos colchones. Después lanzó la mirada hacia su mujer; dormía plácidamente. El no había podido pegar ojo por varias razones y se deslizó del lecho con el único fin de evitar aquello que no podía hacer.





La proximidad de su mujer le había excitado de tal modo que para evitar molestarla, saltó del colchón. Por otra parte, su cerebro daba vueltas y vueltas buscando una fórmula para salvar la situación, trabajar lo suficiente y lograr una salida airosa hacia un mundo nuevo. No sabia siquiera cómo estaba la guerra, si Kosovo se había rendido, si Milosevic se había convencido de que el desastre no tenía más que destructivas continuaciones, o si los serbios habían aplacado sus malditos orgullos. Sentado en el quicio del almacén, contemplaba la campiña verde y lisa de Austria. Dado que el almacén se ubicaba en un montículo, podía apreciar la próxima carretera zigzagueante situada en medio de los campos, que tal parecían alfombras verdes, y las casitas, cubiertas con pizarras, todas iguales, diseminándose por los campos, a los bordes de unas carreteras sin arcenes. Vió amanecer. El rojizo del horizonte casi parecía pegarse sutilmente a la campiña y vio también cómo Adolf abría puertas y ventanas iniciando el trabajo de un nuevo día. Se levantó con pereza y se acercó al fabricante de pan.
-Oye, Adolf, seguramente tú sabes cómo anda la guerra. Yo llevo mucho tiempo por esos mundos, por montes y riscos, y nunca pude contar los días que empleé en ese recorrido porque en principio lo contaba con palitos y luego me cansé porque eran demasiados.
-Está a punto -dijo Adolf- de firmarse el final de todo este desastre, pero aún no se sabe si se llegara a un acuerdo.
-¿En qué mes estamos, Adolf?
-En mayo del año 99. Se habla mucho del milenio, de las catástrofes que ocurrirán a su llegada, veremos a ver si los predicadores aciertan o si el año 2000 entra como entraron todos sus antecesores. -y haciendo un alto para mirar el reloj, añadió- Si quieres, te acompaño a la Embajada. Ya te he dicho que a los kosovares os ayudan por ser refugiados, y es muy posible que cuando todos aparezcan y se amontonen demasiados, cesen las bondades que ejercen sobre vosotros.
-Voy a vestirme y bajo al instante -dijo Abassi.
Momentos después, Adolf, llevando a Abassi a su lado, montaba en la vieja camioneta derrengada y rodaban campiña abajo, buscando el centro de la ciudad.
Lucharon toda la mañana de oficina en oficina, y a las tres de la tarde, ambos retornaban en el carromato hacia el almacén.
Mientras conducía, Adolf iba comentando.
-Te aseguro que dentro de una semana tendrás los pasaportes. Y ha sido mejor no hacer tregua alguna, porque más tarde, si la guerra termina y los kosovares refugiados invaden Austria o Hungría, o cualquier país cercano, no podrán arreglar los papeles de todos. La burocracia es lenta siempre, y sobre todo para ti, que no deseas detenerte.
-Es que no debo, busco un mundo nuevo, diferente. Soy ebanista de profesión y en una época no muy lejana, antes de iniciarse todo este desastre tremendo de la guerra, trabajé para unos españoles, turistas que iban cada año a Kosovo donde tenían familia. Trabajé durante mucho tiempo para ellos, y tanto mis hijo como Milani y yo, hemos aprendido algo de español. Me hablaron tan bien de España, de su sol, su gente y sus libertades, la que disfrutan ahora con una gran democracia después de cuarenta años de sujeción y falta de libertad, que le tomé amor, aunque de lejos, a esos lugares apacibles que ahora disfrutan de una democracia de veinticinco años y de una monarquía que favorece la paz y la libertad.
-Si es tu gusto, Abassi, no tengo nada que objetar. Presiento que hubiéramos sido buenos amigos, que aquí te hubieras ganado la confianza de las gentes y hubieras podido montar un nuevo hogar, firme y seguro, pero si tu gusto es viajar a España, hazlo, que la intuición y las corazonadas, para mí son importantes y considero que más lo serán para ti.
-Gracias, Adolf. -y como llegaban a las panaderías, Adolfo metió la camioneta en el garaje y Abassi salió apresurado hacia el almacén, donde ya su familia había despertado.
Milani había recogido los colchones y limpiaba con bríos el almacén que, de momento, era su nueva vivienda. Curry empezó a correr entorno a él y ladraba feliz, como si indicara que al fin hablan escapado de una rutina atroz en plena montaña, entre riscos y lugares abismales.
-Cuéntame, Abassi ... -le siseó Milani pegándose a él.
-Nos darán los pasaportes -siseó Abassi- dentro de una semana. Y para entonces, entre ambos habremos ganado algún dinero, no el suficiente para un pasaje, pero sí para iniciar la nueva vida, comprar ropa decente y empezar a reunir para ese billete que nos llevar a un mundo nuevo. Y ahora -añadió bes ndola en la frente- ve a ayudar a Frida, yo tengo dos camiones fuera para descargar, lo haré en el menor tiempo que pueda. Y se alejó a paso ligero.
Milani se quedó junto a la ventana, y con gran asombro y estupor, pudo apreciar algo sorprendente, aunque ya estaba tan habituada a los milagros de Abassi que uno más no le extrañaría, pero apreciaba, eso sí, el que Abassi no tuviera necesidad de cargar en su espiada aquellos sacos de cien kilos que hubieran fatigado a cualquier ser humano.
Pudo ver cómo Abassi con una mano asía el saco por la abertura y lo alzaba como si fuera una pluma, y con la otra mano, asía otro saco y lo alzaba con el mismo brío.
Media hora después, cuando ella ya ayudaba a Frida por los bajos de la panadería, vio entrar a Abassi lavado, con el pelo mojado aún y frotándose las manos. Adolf, que atizaba un horno, se quedó mirándole preguntando.
-¿Vas muy avanzado, Abassi? Necesito libres los camiones para buscar otros cargamentos que están esperando los proveedores
-Los camiones ya se han ido vacíos -dijo Abassi tranquilamente.
-¿Cómo?
Abassi le miró sorprendido.
-¿Es que tenias que darles algún recado?
-No, pero es imposible que se hayan ido vacíos. ¿En qué guisa los has descargado?
Abassi se alzó de hombros y entró en la pieza desde la cual le hablaba Adolf.
-Estuve leyendo el periódico -dijo. - Por eso no entré antes.
-¿Quieres decirme que has descargado los camiones y te ha dado tiempo a leer el periódico?
-Estoy leyéndolo, te digo, y ya veo que el fin de la guerra se está fraguando. No es que Milosevic se rinda, sino que las Naciones Unidas les están forzando a que cesen sus malditas guerrillas.
Adolf le miraba con los ojos muy abiertos.
-No es posible que en media hora hayas descargado tú solo dos camiones de esa categoría...
Abassi, con su humildad de siempre, replicó.
-Se han ido ya vacíos.
-¿Pero cómo has hecho?
-No lo sé. El caso es que ya terminé el trabajo y que tendras que ordenarme otro.
Adolf pasó la mano por el pelo y sin comprender aún, se limitó a decir sin ceder en su sorpresa.
-Ve al almacén de carpintería y prepara las puertas que están a medias, el carpintero que trabajaba para mi ha enfermado y le he dado vacaciones. Pero como tú no quiero que estés desocupado, mejor será que te acerques a la carpintería y termines allí la labor empezada.
-De acuerdo.
Y cuando entró en la carpintería, tras él caminó Milani apresurada. Le llamó en un siseo.
-Abassi, te he visto descargar el camión.
-No me hagas preguntas, Milani...
-Pero tú sabes...
El la atajó con el gesto y con la voz.
-Mejor que te calles.
-Pero tú sabes, Abassi...
-No sé lo que sé. Lo que te puedo decir es que, aunque me guste Austria y su campiña y aunque sea la cuna donde nació Hitler, a quien considero tan cafre como Milosevic, prefiero vivir en otro lugar y voy a lograrlo. Pero no me preguntes nada ni me hagas reflexionar sobre situaciones que no quiero ver ni siquiera quiero palpar. Déjame pensar que soy un hombre como cualquier otro y que ahora disfruto de plena libertad, como tú y como mis hijos -y palmeando el hombro de su mujer, se dirigió al fondo de la carpintería.
Entre tanto Milani, meneando la cabeza dubitativa, se alejaba hasta el exterior, donde la esperaba Frida.
Abassi trabajó con afán. Pensaba a la vez en el futuro, y había decidido ya que no enviaría a sus hijos al colegio en Austria, que esperaría a establecerse en un lugar seguro, donde formaría su nuevo hogar, y evidentemente, aquel hogar se ubicaría en un lugar de España, no sabia cual, pero tenía la certeza y el absoluto convencimiento de que muy pronto llegaría al lugar deseado.
Al final de la mañana, las puertas estaba apoyadas contra la pared y terminadas ambas.
Después no se dirigió al interior de la panadería, se quedó erguido ante un ventanal, contemplando la verde campiña austríaca, y las sinuosas carreteras que descendían hacia el centro de la ciudad.
Cuando se sentó a almorzar con su familia en aquella mesa redonda donde brillaba el pan, el vino y el agua fresca, pensó en sus hierbas milagrosas y meneó la cabeza porque no consideró oportuno abrir el morral para extraerlas.
Al anochecer de aquel mismo día, asió la mano de Milani y le dijo al oído:
-Demos un paseo, me siento comprimido y soy libre, pero esta libertad es la de los demás, no es la mía y necesito dar un paseo, introducirme por esos lugares verdosos entre los ramajes y respirar profundamente, porque algo me oprime el pecho, como una ansiedad que no acabo de comprender.
Milani se apretó contra él y caminó a su lado. Sentían ambos los gritos de sus hijos correteando detrás de Curry, el perro que parecía entender que había cesado su tragedia por los campos desérticos e inhóspitos y disfrutaba de una plena libertad.
Anochecía ya, y la pareja caminaba silenciosa, rompiendo Abassi aquel silencio en un siseo que le era habitual como si su voz procediera de la profundidad de su ser.
-Tengo el presentimiento de que pronto nos podremos marchar, y además, también tengo el convencimiento de que nos irà bien fuera de estos lugares.
-¿Qué haces, Abassi?
-Te abrazo, Milani, te abrazo y te beso, porque en este rincón vamos a sentirnos más unidos que nunca. Mañana será otro día y dentro de tres, estoy citado en la Embajada porque me darán los pasaportes para irme a donde me dé la gana.
-Y será a España, ¿verdad?
-Sí, sí porque tengo entendido, y tú también lo entiendes así, que en España seremos plenamente libres, que podremos formar una familia y yo me dedicaré a trabajar -y bajando aún más la voz, mientras se tendía con ella en el césped, en aquel rincón oculto desde el cual ya no se veían ni siquiera las casas ni los senderos- verás cómo logro tener una ebanistería, y clientes que me pagarán buenos dineros para que nuestros hijos acudan al colegio y un día puedan convertirse en personas respetables.
La apretaba contra sí, y la fundía en su pecho. Milani suspiraba y de súbito, una dulce excitación les invadió.
Tardaron mucho en salir de aquel rincón, y Abassi iba diciendo en aquel susurro que le era habitual.
-No esperaré tres días, mañana mismo iré a la Embajada.
-Pero si te han dicho tres días...
-Es igual, verás cómo mañana logro traer toda la documentación.
-Pero hemos de ganar el dinero suficiente para el viaje.
-También lo ganaré en una semana.
-Pero Abassi, si es imposible...
-La palabra imposible no existe, Milani.
Cuando Adolf los vio llegar, exclamó sorprendido:
-No sabía, Abassi, que tuvieras ayudantes para terminar las puertas.
-No be tenido ayudantes -dijo Abassi.
-¿Pero cómo has podido terminarlas tú solo si al carpintero le ha costado más de tres meses?
-Olvídate de eso. Tu piensa que me vas a pagar las puertas y cuanto quieras hacer en la carpintería. Lo demás, que te tenga sin cuidado. -y seguía atrayendo hacia si el cuerpo de su mujer como si quisiera indicarle lo felices que habían sido tirados en la campiña haciéndose el amor.

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