Economía

Christine Lagarde: Las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre

10/02/2014 

Christine Lagarde: Las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre

Bajo el título “Un nuevo multilateralismo para el s. XXI”, Christine Lagarde, directora gerente del FMI, ha pronunciado este año la Conferencia Dimbleby, promovida por la familia del célebre periodista, locutor y corresponsal de guerra de la BBC, Frederick Richard Dimbleby. En su extensa intervención, la ejecutiva del Fondo Monetario Internacional justifica la cooperación internacional como única opción, también a través de la historia moderna, de mantener la paz y la prosperidad en el mundo.







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Ciñéndose a una explícita retrospectiva, Lagarde, en un intento de recrear la historia, ha invitado a sus oyentes a trasladarse mentalmente a los primeros meses de 1914, hace justo ahora un siglo, cuando “gran parte del mundo había experimentado largos años de paz, así como grandes logros en materia de innovación científica y tecnológica, que condujeron a avances sin precedentes en los niveles de vida y las comunicaciones. Pocas barreras impedían el comercio, los viajes y los movimientos de capital. El futuro estaba lleno de oportunidades”, argumenta.

Pero 1914 fue, también, el inicio de una era de 30 años de desastres, ensombrecidos por dos guerras mundiales -desde 1914 hasta 1918 y desde 1939 al 1945- y la Gran Depresión. “ 1914 fue el año en que todo empezó a salir mal”, asegura Christine Lagarde, y se pregunta: ¿qué sucedió?.

El nacimiento de la Sociedad Industrial Moderna generó un mundo lleno de tensiones.

• Se crearon rivalidades entre países que perturbaron el tradicional equilibrio de poder
• La desigualdad entre los poderosos y los desposeídos se reflejaba en el colonialismo y en las precarias perspectivas de las clases obreras no preparadas.
• Estos desequilibrios desembocaron en la primera Guerra Mundial (1914)
• Las corrientes nacionalistas e ideológicas “confluyeron en una denigración nunca antes vista de la dignidad humana” y,
• La tecnología fue empleada como arma de destrucción y terror.
• Los primeros intentos de cooperación internacional, como la Liga de las Naciones, fracasaron; y al final de la Segunda Guerra Mundial, vastas regiones del mundo estaban en escombros.

Pero en el verano de 1944, meses antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial (primavera de 1945), ocurre algo grandioso. El eminente economista John Maynard Keynes, acompañado de una delegación de funcionarios británicos, se embarcan en una peligrosa travesía por el Atlántico, plagado de barcos enemigos, con destino a Bretton Woods, en las colinas de New Hampshire, en el noreste de Estados Unidos. Su misión era reunirse con sus homólogos de otros países. Y el cometido no era sino reconstruir el orden económico mundial. Podríamos llamarla la Cumbre de Bretton Woods, a la que asistieron 44 países con el objetivo de construir la paz a través de la cooperación mutua.

El multilateralismo que dio lugar a:

• Naciones Unidas
• Banco Mundial
• Fondo Monetario Internacional (FMI)

Tal y como asegura Lagarde “Gracias a su labor, hemos gozado de una estabilidad económica y financiera sin precedentes a lo largo de las últimas siete décadas. Hemos presenciado la erradicación de enfermedades, la disminución de los conflictos, la reducción de la mortalidad infantil, el aumento de la esperanza de vida y el rescate de cientos de millones de personas de la pobreza”.

Pero justo un siglo después de aquel 1914 vivimos momentos tan críticos como los que marcaron aquellos días.

La economía mundial está ahora experimentando cambios radicales, a medida que pasamos de la “era industrial” a la “era digital hiperconectada”. Y la pregunta es: ¿qué mundo queremos dejar a nuestros hijos y cómo conseguirlo?

Necesidad de crear un nuevo Multilateralismo para el s.XXI

Tal y como afirma la premier del FMI en su conferencia, el mundo actual converge a un ritmo vertiginoso gracias a la integración y a la interconexión, pero a la vez, existen grandes tensiones que lo llevan a distanciarse simultáneamente. La economía mundial está hiperentrelazada.

• El comercio mundial ha crecido de manera exponencial. Ahora vivimos en un mundo de cadenas de suministro integradas, en el que más de la mitad de todas las importaciones manufacturadas, y más del 70% del total de importaciones de servicios, son bienes o servicios intermedios.

• Los vínculos financieros entre países se han estrechado considerablemente. En los 20 años antes de la crisis de 2008, los préstamos bancarios internacionales -como proporción del PIB mundial- aumentaron 250%. Y cabe esperar que sigan aumentando en el futuro, a medida que más y más países se sumen a la corriente financiera de la economía mundial.

• Estamos viviendo una revolución en las comunicaciones, que ha producido una explosión de las interconexiones. 3.000 millones de personas están conectadas a través de Internet. En el planeta hay casi tantos dispositivos móviles como personas, y África y Asia ostentan las tasas más altas de difusión de los dispositivos móviles.


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Este teórico feliz nuevo mundo, este mundo hiperconectado definido por Christine Lagarde, debería ofrecernos una enorme esperanza e incluso la posibilidad de erradicar la pobreza extrema; pero cuando la interconexión es tan profunda, la más insignificante tensión puede contagiar a todo el mundo en minutos. La economía mundial se hace más propensa a la inestabilidad

Si no se la gestiona con tino, asegura la directora del FMI “la integración financiera puede incrementar la frecuencia de las crisis y hacerlas más dañinas. Pensemos, por ejemplo, en dónde y cómo se originó la reciente crisis financiera mundial: en los mercados inmobiliarios de los barrios residenciales de Estados Unidos, y de ahí se propagó a todo el mundo”.

Gestionar la gran “convergencia” ya es bastante difícil de por sí, pero la tarea se verá complicada por la tendencia del mundo a distanciarse, aun cuando los vínculos se estrechan. Paradójicamente, el poder en el mundo se dispersa hacia regiones geográficamente más diversas y hacia actores mundiales más diversos. Este es un rasgo distintivo de nuestra sociedad hiperconectada que no se ha repetido en la historia. El poder mundial se desplaza de oeste a este y de norte a sur, y mientras hace 50 años los mercados y economías emergentes representaban una cuarta parte del PIB; ahora representan la mitad y se estima que lleguen a dos terceras partes en la próxima década.

La dispersión del poder también va más allá de las relaciones entre países y abarca una amplia gama de redes institucionales que conforman la sociedad mundial como:

• Las organizaciones no gubernamentales, que en apenas 20 años han aumentado desde la 700 hasta las casi 4.000.

• Las empresas multinacionales, que ahora controlan dos terceras partes del comercio mundial y según algunos estudios, 12 empresas multinacionales están entre las 100 mayores entidades económicas del mundo sólo por su tamaño.

• Las ciudades poderosas: 31 de esas ciudades también están en esa lista de las 100 mayores entidades económicas. Y siguen creciendo. Para 2030, alrededor del 60% de la población mundial será urbana y…

• los ciudadanos, que se sienten cada vez más integrados en la “aldea mundial” interconectada, pero no del todo acostumbrados al nuevo entorno. Para 2030, la clase media mundial podría ascender a 5.000 millones de personas, frente a los 2.000 millones de hoy en día. Esta gente sin duda exigirá mejores niveles de vida, así como más libertad, dignidad y justicia. ¿Por qué habrían de conformarse con menos?.

Tal y como preconiza Christine Lagarde, “el riesgo es de un mundo más integrado -económica, financiera y tecnológicamente- pero más fragmentado en términos de poder, influencia y capacidad de decisión. Esto puede crear dudas, estancamientos e inseguridad -las tentaciones del extremismo-, y es algo que requiere nuevas soluciones.

Las tensiones en la sostenibilidad económica también suponen un grave problema y el reto que se plantea es cómo conseguir el equilibrio entre mantener la solidez y desacelerar el ritmo

“Desde luego” -insiste Lagarde- “para lograr crecimiento la prioridad inmediata es superar la crisis financiera, que empezó hace seis años y aún está presente, como los mercados nos lo han recordado en estos días. Esto exige un esfuerzo sostenido y coordinado para atacar los problemas que aún persisten: un legado de altos niveles de deuda privada y pública, sistemas bancarios débiles y obstáculos estructurales para la competitividad y el crecimiento, problemas que nos han dejado con niveles inaceptablemente altos de desempleo.

Los obstáculos a más largo plazo son:

Demográficos: En las próximas tres décadas la población mundial crecerá y envejecerá. En 30 años habrá, aproximadamente, 2.000 millones más de personas en el planeta, y unos 750 millones serán de más de 65 años. En 2020, por primera vez habrá más personas mayores de 65 años que niños de menores de 5 años. La población joven en regiones como África y el sur de Asia aumentará marcadamente, mientras que en Europa, China y Japón la población envejecerá y se contraerá. Prevemos que, en términos de población, en las próximas décadas India rebasará a China, y Nigeria superará a Estados Unidos. Y China e India empezarán a envejecer en el futuro cercano. En este momento, los países jóvenes están experimentando un “burbuja juvenil”, con casi 3.000 millones de personas —la mitad de la población mundial— de menos de 25 años. Esto podría ser una bendición o un castigo, es algo que podría arrojar un dividendo demográfico o convertirse en una bomba de tiempo demográfica.

Deterioro ambiental: “Es el reto más grande y más reciente de nuestra era”, afirma la Directora gerente del Fondo Monetario Internacional; porque “cada vez más gente con más prosperidad, explotará al máximo los recursos de nuestro medio ambiente. Para 2030, casi la mitad de la población mundial vivirá en regiones con graves problemas o escasez de agua y, debido al orgullo desmedido de la humanidad, el medio ambiente se está volviendo en contra nuestra. El 40% de las tierras de África subsahariana dedicadas hoy al cultivo de maíz ya no podrán sustentarlo llegada la década de 2030. “La mala noticia es que nos estamos acercando peligrosamente a un punto crítico. La buena noticia es que no es demasiado tarde para cambiar la situación, aunque estén subiendo las aguas”, insiste Lagarde. Que la gente pague por los daños que ocasiona y eliminar paulatinamente los subsidios energéticos y dar con el precio adecuado de la energía son medidas que forman parte de la solución.

Desigualdad del ingreso: Este es un viejo tema que ha pasado, de nuevo, a un primer plano. La desigualdad del ingreso ha sido una variable creciente en la mayoría de los países. A nivel mundial, siete de cada diez personas viven en un país en el cual la desigualdad se ha agudizado en las tres últimas décadas. Las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma cantidad de riqueza que la mitad más pobre de la población mundial. En Estados Unidos, la desigualdad ha retomado los niveles previos a la Gran Depresión, y el 1% más rico captó 95% del aumento total del ingreso desde 2009, en tanto que el 90% más pobre se empobreció más. En India, el patrimonio neto de la colectividad de multimillonarios se multiplicó por 12 en 15 años, lo cual bastaría para eliminar la pobreza absoluta del país dos veces.

“Permítanme expresarme con franqueza”, asegura Christine Lagarde. “En el pasado, los economistas subestimaron la importancia de la desigualdad. Se centraron en el crecimiento económico, en el tamaño del pastel y no en su reparto. Hoy, estamos más conscientes del daño que causa la desigualdad. En términos básicos, una distribución profundamente sesgada del ingreso atenta contra la velocidad y la sostenibilidad del crecimiento a más largo plazo. Lleva a una economía de exclusión, y a un páramo de potencial desperdiciado”.

“Es fácil diagnosticar el problema, pero mucho más difícil resolverlo”. “Ahora nos toca a nosotros preparar el terreno para la próxima generación. ¿Estamos a la altura de ese reto? Nuestro futuro dependerá de la respuesta a esa pregunta" concluye la ejecutiva del FMI.

Para terminar su intervención, Lagarde lanza una serie de preguntas para averiguar si seremos capaces de superar estas tensiones:

¿Cooperamos como una familia mundial o nos enfrentamos atrincherados en el aislamiento propio? ¿Somos amigos o enemigos? Para superar la segunda tensión es necesario afrontar peligros comunes que no están limitados por fronteras. ¿Nos enfrentamos a la adversidad juntos, o trazamos más límites y líneas de Maginot que no serán sino protecciones imaginarias? porque necesitamos un renovado compromiso con la cooperación internacional, con la primacía del interés internacional por encima del interés propio, con el multilateralismo.

En un momento tan crítico como el que vivimos, debemos optar por los valores de 1944, no por los de 1914.

Lagarde hace una defensa a ultranza de los organismos internacionales existentes -Banco Mundial, Naciones Unidas y Fondo Monetario Internacional- argumentando que “lo bueno del nuevo multilateralismo es que puede partir de las bases que ya existen, y trascenderlas. Los instrumentos de cooperación que tenemos resultaron sumamente útiles durante las últimas décadas, y es necesario conservarlos y protegerlos. Eso significa que las instituciones como el FMI deben modernizarse plenamente, y deben ser plenamente representativas de la dinámica cambiante de la economía mundial. En eso estamos trabajando ahora”.

En definitiva, el nuevo Multilateralismo que propone Christine Lagarde debería ser ágil e imprimir un sentido más amplio de responsabilidad social a todos los agentes de la economía internacional moderna. Debe, según Lagarde, “infundir los valores de una economía de mercado civil internacional; una versión moderna y mundial de un “gremio medieval”, para decirlo de algún modo”.

También exige la responsabilidad colectiva de manejar un sistema monetario internacional absolutamente diferente y una mayor cooperación entre todas las instituciones monetarias. EN definitiva, necesitamos, insiste Lagarde, “un sistema financiero para el x. XXI que esté al servicio de la economía productiva y no al servicio de sus propios fines, en el cual las jurisdicciones solo busquen sacar ventaja siempre que prevalezca el bien común internacional, y con una estructura regulatoria de alcance mundial.

Los países deben aunarse para hacerle frente a la desigualdad. Para citar un solo ejemplo, si compiten para atraer empresas bajando los impuestos sobre sus rentas, la desigualdad podría agravarse, porque, ahora, las circunstancias son muy parecidas a las de los primeros meses de 1914.

Gema Castellano
@GemaCastellano



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